No me gusta nada la cocina.
Casi nunca tuve necesidad de cocinar, otras personas lo hacían por mí.
Tengo la costumbre de "ir a comer" y encontrarme todo hecho.
Creo que no he agradecido lo suficiente este regalo: la comida de cada día.
Viendo algunos naranjos amargos cargados de fruta pregunté si no se aprovechaban esas naranjas.
La señora Matilde, nuestra cocinera me dijo que ella estaba deseando aprender.
Y emprendimos juntos la aventura.
Lavamos las naranjas, las pelamos, quitamos las semillas... ¡Y charlamos y platicamos durante horas! |
Los dos éramos novatos en esta materia, pero ella estaba en su territorio y dominaba la situación, con lo cual el diálogo y las confidencias eran entre iguales.
Aprovechamos buena parte de las cáscaras. Bien troceadas. |
Con la receta bajo el brazo me da orientaciones a la hora de mezclar la pulpa y los trozos de cáscara. Hoy soy yo su ayudante, su alumno y ella la maestra. |
¡Cuántas veces he disfrutado de la comida sin acordarme de quien la ha hecho llegar a mi plato!
¡Cuánta ingratitud!
Esto va tomando forma! |
Comencé a sentir la sensación de quien acierta, que lo iba a conseguir, pero seguían las dudas.
Casi perfecto! Ahora vendrán y dirán que sabe amarga. |
Tendré que inventar una etiqueta. |
¿Quién quiere? |
No puedo terminar ahora la redacción de esto. Matilde está llamando que la comida está lista
Yo quiero un poco, je je. Un abrazo Ata.
ResponderEliminarMe encantaría que llegarais por aquí, Dani.
EliminarUn abrazo
¡Me ha encantado la historia! Yo también aprecio mucho más el lujo de que alguien te haga la comida ahora que no vivo con mis padres.
ResponderEliminarAunque yo prefiero lo dulce :)
Pues, sí, es un lujo que disfrutamos cada día y de forma inconsciente, incluso algunas veces protestando, ¡encima!
EliminarNunca se deja de aprender. Eres un grande.
ResponderEliminarYo también aprendí en ese proceso. Ahora hemos hecho otra y nos ha salido más rica, mejorada.
EliminarUn abrazo, Rubén.