Esta historia está publicada en mi primer libro "CUENTA, CUENTA... Más que historias",CCS, Madrid, 2011,3ª edic. páginas 20-23 con el título "En la madriguera del zorro".
Ahora he preferido cambiar el título como pequeño homenaje a los nombres de los campos de mi pueblo, pues compruebo con pena que algunos jóvenes paisanos ya no los conocen.
Ya he dicho
que me gustaba mucho ir al campo con los mayores. El día que cumplí siete años
(1 de Mayo de 1959) conseguí dejar la escuela y acompañar a mi madre con las
ovejas. Nos acompañaban un rebaño de
unas 260 ovejas y tres perros: la "Kika" y su hermano el
"Moro", que eran imprescindibles en el control del rebaño por ser
perros tornadores [1] muy bien
entrenados, y el "Pinche", que no le gustaba nada trabajar. Al
"Pinche" le gustaban más bien las aventuras y la vida libre como a
mí.Valdeferruelo
es un valle muy cerrado: con mucha espesura de robles, urces [2],
estepas [3]
y torviscos, etc. Nada más entrar en él, los perros empezaron a carpiar [4].
Yo comencé a correr siguiendo los ladridos, pero éstos cambiaban de dirección
continuamente.
- ¡Mira, es
un raposo [5]! -Dijo mi madre.
Yo miraba,
corría, escuchaba y no veía nada, solo el bosque. Los gritos del
"Pinche" me llevaron hasta una cabuerca [6].
Llegué corriendo y fatigado. Allí me encontré con él, que con mucha rabia
ladraba y escarbaba a la puerta de una madriguera. Al verme se alegró
muchísimo, se envalentonó y decidió meterse por el agujero. Pero no cabía.
Venía hacia mí; volvía al agujero. Yo entendí que me decía:
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El año pasado durante las vacaciones en Antoñán,
visité la cabuerca de Vadeferruelo
y allí me encontré varias madrigueras como ésta. |
- ¡Vamos,
tío, échame una mano! ¡Ahí dentro hay un zorro riéndose de ti y de mí!
¡Nosotros somos dos, mayores y amigos! ¡Es nuestro, colega!
Me daba un
poco de miedo, la verdad, pero las prisas y euforia del "Pinche" no
me dieron tiempo a pensarlo. Me decidí a meterme yo en la madriguera en busca del
zorro burlón y aprovechado:
- ¡Allá voy! ¡De
cabeza!
Nada más
meterme, ya me di cuenta de dos cosas: de que allí olía muy mal y de que el
agujero, en lugar de seguir horizontal, como se esperaba, estaba muy inclinado
hacia abajo. Así era más fácil meterse. Bastaba dejarse caer y con la arena
suelta del suelo y las paredes bien lisas de los lados y el techo ¡no había
freno! Yo frené bien pronto porque el corazón se aceleraba y la oscuridad trajo
el miedo.
Me quedé
totalmente inmóvil para ver si oía al zorro que suponía debía estar a dos palmos
de mis narices. No se oía nada más que el palpitar de la sangre.
Entonces
decidí salir. ¡Salir! ¿Cómo?
No tenía
nada en qué agarrarme. Culebreaba con todo el cuerpo, pero lo único que
conseguía era caer más dentro. Me escocían los codos, rozados por las paredes
de la madriguera. Y comencé a llorar. Las lágrimas formaban barro al mezclarse
con el polvo. Casi no podía respirar.
¡Aquello era el final!
Descansaba
un poco. Cogía aire y fuerzas y volvía a intentarlo de nuevo.
¡Nada!
Así una y
otra vez. No sé el tiempo que estuve en esa situación. A mí me parecieron
varias horas. Gritaba, lloraba, jadeaba.
En un
momento de total desánimo me pareció que me picaba todo el cuerpo. Quise
rascarme y ¡hala! otros tres centímetros más adentro. ¡La desesperación!
¿Por qué no
le habré hecho caso a mi padre: "cuando empieces
algo tienes que saber cómo terminarlo. Cuando entres tienes que saber cómo
salir" -me había dicho cuando me subí al cerezo.
Y
le eché la culpa al perro "Pinche":
-¡Pero,
qué contento estará ahí afuera ese perro tonto! Si salgo de esta nunca más le
haré caso y será para mí el más estúpido y más bobo de los perros.
Estaba
en estas cuando oí que ladraba desde fuera, a mis pies.
-¿Será
que viene otro zorro? ¿Será que algún perro extraño viene a luchar contra
él y a morderme a mí?
Y aquí
sucedió lo bueno: noté que mordía con cuidado mis alpargatas y que empezaba como
a escarbar entre mis pies. Luego me enganchó por los bajos del pantalón y
comenzó a tirar de mí. Yo, al notar que tenía ayuda, me animé muchísimo y
multipliqué el esfuerzo. Clavaba los codos en el suelo y reculaba con todo el
cuerpo.
-¡Vamos,
"Pinche", sácame de aquí y te prometo que hoy te doy toda mi
merienda!
¡Qué alegría
y qué ánimo al notar que caminaba unos centímetros para atrás!
"Pinche" seguía tirando cada vez más fuerte y animado.
¡Y al final me
vi fuera!
El perro se
puso como loco de alegría. Se subía sobre mí para lamerme la cara, salía
corriendo, hacía círculos alrededor de mí y, ¡zas! subía de nuevo sus patas
delanteras en mis hombros. Lo celebró haciendo el chulo hasta que se cansó. Yo
miraba la sangre de las raspaduras de mis codos y rodillas. Y entonces fue
cuando descubrí la causa de mis picores: ¡estaba lleno de pulgas!
Rápidamente
me desnudé por completo -solo me vio "Pinche"- y comencé a sacudir
con fuerza cada prenda.
Después de una media hora de correr, alcancé al rebaño
y a mi madre que estaban llegando a la Témpana [7].
Ella, nerviosa por mi prolongada ausencia,
me echó una buena regañina. Estuvimos todo el día quitándome pulgas.
A
la hora de comer llegamos a la Fuente de la Matatuerta y allí hicimos una buena hoguera en la calentamos piedras grandes y
alisadas y sobre las que poníamos a asar lonchas de tocino: ¡una delicia!
-¡Deja de
darle tu comida al perro! -dijo mi madre.
Desde aquel
día mi amistad con el "Pinche" se acrecentó de tal manera que nos
entendíamos con la mirada, sin hablarnos.
[1]
Tornadores: Perros adiestrados especialmente para obedecer al pastor en el
manejo y control de un rebaño de ovejas.
[2] Urces: Brezos
[3] Estepa: Tipo de jara.
[4] Carpiar: Ladridos rítmicos que hacen los
perros cuando persiguen a una pieza de caza que no pueden alcanzar.
[5] Raposo: Zorro
[6] Cabuerca: Cárcava, hoya o zanja grande hecha por la erosión de aguas torrenciales.
[7] Témpana: Topónimo de Antoñán del Valle (León), España
Sin duda los animales más fieles al ser humano
ResponderEliminarMe han dado ganas de volver a leerme tu libro.
ResponderEliminarLa primera vez que oí esta historia, fue cuando nos la leíste en una velada de Navidad en Parla :)
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