domingo, 27 de enero de 2013

UN ÁRBOL GRANDE.


"El hombre que acumula buenos recuerdos de su infancia, está salvado para siempre" 
(F. Dostoyevski)

Cuando yo tenía cuatro o cinco años me gustaba mucho acompañar a mis padres o a mis hermanos en las labores del campo (soy el menor de siete hermanos).
Me ponía tan pesado para que me dejaran ir con ellos que casi siempre lo conseguía. Así, desde bien pequeño, aprendí a pastorear ovejas o vacas, a montar solo en la burra y a mirar las mil sorpresas de la naturaleza.
Una tarde de octubre mis padres uncieron las vacas al carro, cargaron el arado, algunos sacos vacíos, unos cestos y dijeron que iban a sacar patatas.
-¡Yo quiero ir con vosotros!
-¡No!, que hace mucho frío.
-¡¡Yo quiero ir con vosotros!!
-¡No! que vamos para todo el día.
-¡Y qué! ¡Yo quiero ir con vosotros!
-¡Que no! que vamos lejos.
-¡Pues por eso! ¡Yo quiero ir!
Me subí al carro y fui con ellos. El campo al que íbamos estaba ciertamente lejos. Pero yo iba contentísimo pensando en las aventuras que me esperaban.
Llegamos a la tierra. Mi padre quitó el carro del yugo y enganchó el arado. Comenzó a abrir un surco en la tierra que quedó salteado de patatas.
-Padre, ¿Os ayudo?
-No estorbar ya es ayudar, -dijo él.
Me puse a recoger patatas en la cesta de mi madre.
Pero la verdad es que aquello resultaba bastante pesado y aburrido. Así es que decidí ir a investigar por los alrededores. La finca estaba en la ladera de una cuesta, casi en el valle. En la cima estaba el bosque de robles, que como era otoño empezaba a ponerse amarillo. Caminé cuesta arriba por un caminito hundido entre los viñedos en busca de la aventura y el miedo. Llegué arriba con el corazón acelerado, me paré ante la soledad y el zumbido de la brisa y miré a mis padres, las vacas y el carro. Me parecieron alejados y el bosque demasiado oscuro y poblado por sombras demasiado alargadas, por lo que decidí bajar hacia ellos. Lo hice sin camino, atravesando las viñas vendimiadas, rojas y amarillas.
De pronto me fijé en un árbol grande y frondoso de corteza lisa, que estaba en la esquina de una viña. Me atrajo de tal manera que corrí hacia él. Me pareció enorme. Intenté abrazarlo pero era más gordo que mis cortos brazos. Miré hacia arriba y el entramado de ramas y hojas me atraía poderoso e irresistible.
-¡Padre! ¡Padre! ¿Qué árbol es este?
-¡Es un "guindal[1]"! ¿ Mira a ver si tiene cerezas? -dijo burlesco.
-¡Es muy grande! ¿Puedo subirme?... ¡¿Puedo subirme?!
No hubo respuesta.
¡Cómo no voy a poder! Con la ayuda de unos fejes[2] de sarmientos, que coloqué a modo de escalera improvisada, pude alcanzar la primera rama. Después las siguientes eran pura invitación al gateo por el entramado arriba. Cuando estaba bien alto, me quedé parado para respirar el crepúsculo y mirar a mis padres.
Allí cada vez había  más oscuridad, más sombras, más miedo. Miré otra ve a mis padres, las vacas, el carro y grité:
-¡Hola! ¡Estoy aquí!... ¡¡Miradme!!
Hablaron algo entre ellos que yo no logré entender.
-¡¡Miradme!! ¡¡Aquí!! -Insistí.
-¡Baja, que ya nos vamos! ¡Y ten cuidado no te vayas a caer!-dijo mi madre preocupada.
¡Bajar! Eso estaba estudiando yo, porque ya me daba cuenta de que era mucho más difícil que subir. Además la "escalera de fejes" se había desmoronado. Lo intenté varias veces y de varias formas: de frente al tronco, colgándome de una rama, saltar...¡Nada! El suelo me parecía un abismo lejano.
La negrura del monte, sin embargo, cada vez estaba más cerca y parecía que de él iba a salir una jauría de lobos que vendrían hasta el árbol a esperar a que yo bajara para ser devorado.
Decidí pedir ayuda:
-¡Padre, madre! ¡Bajadme de aquí!... ¡Ayudadme!
El silencio del crepúsculo me permitió oír el comentario:
-Anda, tienes que ir a bajarlo. -Dijo mi madre.
-¡Ni hablar, déjalo, coño, ya verás cómo encuentra el camino él solo. -Sentenció mi padre.
Yo grité con más fuerza:
-¡¡BAJADME DE AQUÍÍÍÍÍ!!
-¡Anda, hombre! ¿No ves que tiene miedo? -Intercedió mi madre de nuevo.
-¿QUIÉN DE SUBIÓ? -preguntó mi padre.
-¡Yo solo!
-¡Pues baja tú solo!
Y mi padre, sin hacer más caso, siguió cargando los sacos de patatas en el carro. Enganchó las vacas. Subieron los dos discutiendo y enfilaron el camino hacia el pueblo.
Yo comencé a llorar a grito pelado. Miraba al suelo, miraba al árbol, miraba al monte... ¡la desesperación!
¡No aguanté más! Colgué las piernas, me abracé al árbol y me dejé caer rozando tronco abajo. Caí al suelo con rozaduras en brazos y piernas. ¡No me importó! Me levanté rápidamente y, sin mirar atrás, emprendí una veloz carrera persiguiendo al carro. Cuando iba llegando mi padre gritó con autoridad:
-¡Joooooo![3]
La vacas detuvieron su paso. Mi padre me tendió la mano y me alzó hasta él. Yo seguía llorando.
-¡Había miedo allí arriba! ¿Eh?
Yo seguía llorando y doliéndome de los rasguños.
-Pero mira, ¡has bajado tú solo!
Y entonces me dijo algo que se quedó muy grabado en mi mente y en mi corazón:
-Mira, cuando empieces algo tienes que saber cómo terminarlo. Cuando entres tienes que saber cómo salir.
Mi madre me acogió en su regazo . Y con el traqueteo del carro y el calor materno me quedé dormido

 Del libro "¡CUENTA, CUENTA...! Más que historias", Atanasio Serrano. Madrid CCS, Gestos y Palabras nº 18. 2011 3ª Edic. Pág. 15 ss





[1] Guindal: guindo, cerezo amargo
[2] Fejes: haces, fardos, manojos.
[3] ¡Jo!: voz para detener el ganado vacuno equivalente al ¡So! para las caballerías.

1 comentario:

  1. Hola Ata, e dejo el primer comentario para decirte que me encantan tus historias, espero que sigas regalandonos durante mucho tiempo estos pequeños ratitos de lectura tan interesantes.

    Muchas gracias y QDTB.

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