Había una vez un campesino pobre. Era tan pobre que ni
siquiera tenía campo para trabajar. Ni bueyes, ni carreta, ni semillas. Tenía
una mamá anciana que vivía con él, una esposa buena, cuatro gallinas y un hijo
travieso y protestón que se llamaba Antonio. También tenía una cabaña de tres
paredes con un tejado roto.
- ¿De tres paredes? ¡Sería de cuatro, hombre!
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El campesino pobre se llamaba Francesco (se lee “Franchesco”). Y a pesar de ser
muy pobre era un hombre feliz porque también tenía un corazón muy bueno, muy bueno
y una fe total en Dios.
Un día su esposa enfermó gravemente. Y en pocos días murió
por no tener médico ni medicinas.
Francesco se quedó muy triste y no quería comer ni trabajar,
Antonio, el hijo protestón y travieso, comenzó a protestar y a hacer travesuras,
la abuela solo rezaba en silencio y lloraba con lágrimas secas y la cabaña se
llenó de frío y de goteras.
Los vecinos vinieron a la cabaña de Francesco para
consolarlo un poco, quitarle las goteras y ayudarle a rezar con la abuela. Las
vecinas le trajeron patatas asadas para él y para Antonio y unas sopas de ajo
para la abuela. Encendieron el fuego y se calentaron todos.
Al día siguiente una vecina joven, trabajadora y de ánimo
alegre, que se llamaba Margarita, trajo a la cabaña un mantel para la mesa y
unas sábanas planchadas para la cama de la abuela y en el fuego cocinó una
polenta para comer todos. Antonio el protestón dijo que no quería polenta y
Margarita fue a ver las gallinas, encontró un huevo y se lo hizo frito con
patatas. Pero Antonio protestó porque las patatas tenían poca sal. Francesco,
que tenía un corazón muy bueno y agradecido, le agradeció mucho a Margarita
todo lo que hacía por él y su familia y como no tenía ningún regalo para darle,
la invitó a rezar una oración con él. A Margarita le gustó mucho este regalo
tan original de aquel hombre tan bueno y prometió volver más días.
Margarita cumplió su promesa y al día siguiente volvió y
trajo dos tiestos con flores. Las semanas siguientes venía cada dos días a casa
de Francesco; y cada día traía una cosa distinta: un cesto para el pan, un
sombrero para Francesco, una gallina más para el gallinero, un catecismo para
Antonio o una manzana asada para la abuela. Hacía polenta, un huevo con patatas
para Antonio, levantaba a la abuela y rezaba con todos.
Un día Francesco le pidió a Margarita que viniera también
por la tarde a ayudar a hacer los deberes de Antonio, a preparar la cena y a
rezar el rosario. Margarita dijo que sí. Aquella noche, después de cenar, él la
acompañó a su casa y, cuando llegaron, Francesco le dijo que quería casarse con
ella, que la quería mucho, que la quería como esposa. Ella se puso roja y un
poco nerviosa y entró de prisa en su casa. Aquella noche casi no durmió nada.
Por la mañana se lo contó a sus padres. También le dijo que Francesco era un
hombre muy bueno, que él necesitaba su ayuda y que ella también lo quería
mucho.
Francesco y Margarita se casaron. La alegría inundó la
cabaña y se convirtió en casita, ya no era cabaña.
Al año de casarse nació un niño precioso y en el bautizo le
pusieron de nombre Juan. Juanito solo lloraba cuando tenía hambre o su hermano
Antonio le hacía alguna travesura pesada. Cuando dormía movía los párpados y la
cabeza, como si estuviera soñando. Margarita lo llevaba al campo donde trabajaban
ella y Francesco. Así cuando abría los ojos veía el cielo, las nubes, los
pájaros, las espigas de los trigales, las ramas de los árboles y a todos
trabajando.
- Todo eso, Juanito, lo hizo nuestro buen padre
Dios para ti, son sus regalos - le decía Mamá Margarita.
Cuando aprendió a hablar y a andar un poco, salía a explorar cerca de la casita intentando contar todos los regalos de Dios: los renacuajos en la charca, las mariquitas en el rosal, las flores del prado, las montañas lejanas, el vuelo de la cigüeña, el cri, cri, cri de los grillos, el rebuzno del burro… ¡eran tantos!
Un día le dijeron que iba a tener un hermanito. Y a los
pocos días nació José.
Juan quería decirle a su hermanito todas las cosas que había
descubierto, todos los regalos de Dios; pero Mamá Margarita le dijo que era
demasiado pronto, que a su tiempo lo entendería; y él siguió coleccionando
regalos de Dios.
Un día de truenos y rayos papá Francesco llegó a casa mojado
por la lluvia y el granizo y sudoroso del trabajo. Se sintió mal y se acostó. A
la mañana siguiente había mucha gente en casa y fuera de ella. Mamá Margarita
abrazó fuertemente a Juanito y le dijo:
- “Juanito, hijo, ya no tienes padre, papá
Francesco ha muerto”.
Juan no entendió nada y miró fijamente a las lágrimas de los
ojos de su madre.
- Pero papá Dios no muere nunca y nos seguirá
cuidando siempre. –Dijo Margarita- y lo abrazó otra vez.
Esas palabras y esa cara de su mamá quedaron para siempre
grabadas en el corazón de Juanito: “Papá Dios no muere nunca y nos seguirá
cuidando siempre” … siempre… siempre…
Cuando enterraron a Francesco Bosco la desolación volvió a
la casita, tanto que si no es por Margarita se hubiera convertido otra vez en cabaña.
- ¡No quiero oír nada, ni ver nada, ni saber nada;
no quiero estar en esta casa! –Dijo Antonio. Y salió dando un fuerte portazo y
corriendo por los campos sin camino ninguno.
El corazón de Margarita salió corriendo tras él. Y con el
corazón fueron los pies, la cabeza y todo el cuerpo.
José estaba durmiendo en su cuna junto a la abuela y Juanito
Bosco fue a decirle: - José, Papá Dios te cuidará siempre y yo también.
(Continuará)